La maga azul

Capitulo 3: (Testeo)

Capitulo 3: (Testeo)

Capítulo 3: 

“Entre las bestias existe un grupo encargado de mantener el equilibrio de los cuatro reinos: la tierra, los mares, los cielos y el más allá. A estas criaturas se les conoce como Los Míticos. Están conformados por Behemoth, Leviatán, Azrael e Ifrit, respectivamente. Gracias a ellos, el orden del mundo se mantiene…”

Un fuerte estruendo golpeó la puerta, haciendo que Luna se levantara de golpe de su colchón inflable. Salió de inmediato para gritarles a los niños que jugaban en el patio del orfanato. 

  • ¡Carajo! ¿Qué les dije de no patear la pelota contra mi puerta?

Los niños salieron corriendo entre risas para esconderse, mientras Luna contenía el enojo y se cubría los ojos, aún sensibles a la luz intensa del sol matutino. En ese momento apareció Miguel para desearle los buenos días y avisarle que la esperaba lista en diez minutos, pues iban a continuar con su entrenamiento.

  • Oye, estuve hasta la madrugada ejercitando mi circulación de maná… Dame chance de dormir un poco más —Se quejó Luna mientras se frotaba los ojos.

  • Lo siento mucha amiguita mía —Respondió Miguel—, pero después casi todos estamos ocupados. Estas horas de la mañana son las únicas que tenemos para entrenarte, así que tendrás que adaptarte a nuestros horarios.

Mientras hablaba, se acomodaba las medias de su uniforme de fútbol. 

  • Pero tú vas a jugar fútbol, bastardo… —Pensó Luna mientras se dirigía al baño para arreglarse un poco.

Al entrar, se miró al espejo… Y entonces vio su sombra reflejada detrás de ella. Poco a poco, en la silueta se dibujó una sonrisa y, con una voz burlona, la saludó.

  • Buenos días, hermosa… ¿Cómo durmió la chica más bella del planeta?...

  • ¿Puedes desaparecer de una vez? —Respondió Luna, resignada—. De verdad estoy considerando ir al psiquiatra por tu culpa.

Acto seguido, comenzó a cepillarse los dientes.

Ya habían pasado cuatro días desde que Luna conoció a aquella entidad que afirmaba haberle salvado la vida frente a la Mantis Ciempiés. Sin embargo, aún no sabía nada de ella, ni su nombre, ni su origen, ni por qué se había interesado en una maga azul sin talento.

Después de terminar de cepillarse los dientes, Luna se lavó la cara. En ese momento, la sombra se acercó para molestarla un poco más. Además de mantener un aura de misterio sobre su identidad, parecía disfrutar fastidiarla hasta hacerla perder la paciencia.

  • ¿Pero por qué eres tan grosera conmigo?... —Dijo con fingida ofensa—. Solo quería desearte los buenos días… Pero bueno, no importa. ¿Hoy vas a entrenar otra vez tu control del maná?... De verdad, verte entrenar es como ver a un niño ejecutar su primera técnica a los diez años…

  • ¡¿Puedes callarte de una maldita vez?! —Estalló Luna—. ¡Juro que, cuando pueda ponerte un dedo encima, te ahorcaré hasta que no sienta las manos!

Mientras tanto, los niños que estaban afuera del baño y escuchaban la discusión pensaban, entre risas, que Luna hablaba sola y estaba un poco loca. 

Al rato, Luna se reunió con los demás miembros de la división para repartir las tareas del día. Todos ya estaban listos para trabajar, a excepción de ella, ya que debía entrenar a diario para rendir a un nivel aceptable como guerrera. Por ahora, en sus primeros días, se había enfocado en aumentar la circulación de maná por su cuerpo para facilitar la ejecución de técnicas con mayor rapidez. En ese entrenamiento la ayudaba Nana, la maga roja de la división y experta en el uso de una amplia variedad de técnicas. 

Luna se encontraba en medio del patio, sentada en una silla, con los dedos entrelazados y los ojos cerrados, concentrándose en el flujo de maná dentro de su cuerpo. Los demás miembros la observaban, dándole consejos, mientras algunos niños miraban escondidos, movidos por la curiosidad.

Aunque tenía los ojos cerrados, Luna podía ver el maná recorriendo su interior: nacía en su corazón y se extendía hasta la punta de sus dedos. Era una energía brillante de color azul, visible solo para ella. 

  • Vamos, Luna, tienes que esforzarte más —Decía Nana, aunque se distraía mirando su celular.

  • L-lo sé… Pero me cuesta mantener el ritmo por más de un minuto —respondió Luna—. Mi red de maná no está acostumbrada a este nivel de estrés. Tanto así que…

De pronto comenzó a rascarse con desesperación.

  • ¡Me pica todo el cuerpo!

  • Ay, Dios… ¿Todos pasamos por lo mismo? —Preguntó Nana, mirando al resto del grupo.

Se acercó de inmediato y apoyó la mano sobre el abdomen de Luna.

  • Técnica de maga roja, Sanación.

En cuestión de segundos, la picazón empezó a desaparecer hasta desvanecerse por completo. Luego, Nana ayudó a Luna a ponerse de pie y, una vez frente a ella, le pidió que intentara ejecutar nuevamente su técnica Puño de Hielo.

Luna adoptó una postura ofensiva, llevó el brazo derecho hacia atrás y cerró los ojos. En menos de un segundo gritó.

  • ¡Técnica de maga azul, Puño de Hielo!

Lanzó el puño hacia adelante y, a mitad del trayecto, todo su brazo se congeló de golpe. Al extenderlo por completo, varios fragmentos de hielo salieron disparados hacia el frente, pero fueron detenidos por una barrera de protección que Miguel invocó en el último instante.

  • ¡Wow! Eso estuvo cerca… —Exclamó Miguel—. No solo aumentó la fuerza de su puño, sino que ahora puede usarlo tanto en combate cuerpo a cuerpo como a media distancia. ¡Felicidades, Luna!

  • No te emociones tanto —Interrumpió Nana, levantando el brazo de Luna para señalar los restos de hielo —. El hielo que genera se dispersa en diagonal en dirección al puño y de forma lateral, y los fragmentos que dispara no siguen una trayectoria recta. Lo ideal es que el hielo se genere de manera completamente horizontal, o diagonal en dirección contraria al puño. Está mejorando, sí, pero aún le falta bastante.

En ese momento, uno de los niños que observaba a escondidas se acercó por detrás de Miguel y tiró con timidez de su camisa.

  • ¿Por qué siempre gritan el nombre de la técnica cuando la usan?

La pregunta provocó risas entre todos… excepto en Luna, que se quedó pensativa. En realidad, ella tampoco sabía por qué lo hacía, simplemente lo repetía por costumbre, porque veía que los demás lo hacían. Intrigada, decidió preguntar lo mismo.

Al hacerlo, todos la miraron con sorpresa, extrañados de que no supiera la razón.

  • ¡Dejen de mirarme así! —Protestó Luna—. Recuerden que decidí ser guerrera hace solo dos años y que recién hace cuatro días estoy recibiendo entrenamiento de verdad en el tema…

  • Cierto —Asintió Nana—. Bueno, esto servirá para darles una pequeña clase a los niños. Miguel, llama a los que estén interesados en el tema.

Mientras hablaba, tomó un pizarrón y un marcador.

Cada clase de guerrero posee una gran cantidad de técnicas, y cada una tiene pequeñas variaciones en la forma de ejecutarse. Por ello, es más común de lo que parece cometer errores justo en el peor momento posible. Sin embargo, desde la antigüedad la humanidad descubrió algo importante, el cerebro tiene una enorme facilidad para desarrollar reflejos condicionados. Es decir, al practicar una técnica específica pronunciando su nombre en voz alta, se logra que, en situaciones de reacción rápida, el cuerpo pueda activarla casi de manera automática con solo decir su nombre.

Tanto los niños como Luna quedaron sorprendidos por la explicación de Nana. De inmediato, varios comenzaron a gritar nombres de técnicas, esperando que se ejecutaran al instante. Incluso Luna cayó en la tentación de hacerlo, hasta que Nana respondió lanzándole un chorro de agua directo a la cara.

  • Ya usted está muy grande pa’ eso —Le dijo con una sonrisa—. Mejor siga entrenando.

Algo avergonzada, Luna volvió a su asiento y retomó la práctica de la circulación de maná, esta vez con mayor concentración. Sin embargo, fue interrumpida por uno de los niños que llegó corriendo para avisar que estaban mostrando a Leviatán en la televisión. De inmediato, todos se acercaron con curiosidad para ver qué estaba ocurriendo. 

Según la transmisión, la bestia mítica estaba alejándose de las costas de Portugal, junto con la tormenta que la acompaña. En la pantalla se podía ver cómo el monstruo permanecía envuelto por una tempestad inmensa y violenta, tan densa que apenas dejaba distinguir lo que ocurría en su interior. Se decía que la tormenta tenía un diámetro aproximado de cincuenta kilómetros, mientras que la criatura que habitaba en su núcleo alcanzaba unos diez, siendo casi del tamaño de una ciudad entera.

Uno de los niños más pequeños preguntó quién era Leviatán. Miguel, sin dudarlo, tomó el tablero que Nana había usado antes y comenzó a explicar con naturalidad.

En el mundo existen cuatro tipos de bestias, la de tierra, agua, aire y de fuego. Cada una de estas categorías posee un mítico, una criatura primordial encargada de regular el ecosistema y de dar origen a las bestias de su elemento. De alguna forma, son las primeras bestias que pisaron este mundo, pues según los registros más antiguos de la humanidad, ya existían mucho antes de cualquier civilización.

Leviatán es el mítico de los mares. Originalmente vivía en lo más profundo del océano Atlántico, junto a su cría. Sin embargo, hace algunas décadas, un país intentó demostrar su poder al mundo tratando de matarlo. No lograron matar a Leviatán, pero sí a su cría. La bestia no reaccionó de inmediato… pero desde entonces, cada cuatro años, emerge y se desplaza hacia alguna costa del mundo, arrasando todo a su paso como castigo por haberle arrebatado a su hijo.

  • Es una historia muy triste, pero también es un recordatorio de que no somos dueños de este mundo y de que todo ser vivo merece respeto por igual —dijo Miguel con una seriedad poco habitual en él—. Por eso más les vale cuidar a los morrocoyos de aquí, o si no… ¡haré que los muerdan mientras duermen!

Al instante, Miguel volvió a su actitud burlesca y relajada de siempre.

Comenzó a perseguir a los niños para hacerles cosquillas, y pronto los demás se unieron al juego. Luna se sentía un poco extraña, no estaba acostumbrada a un ambiente así. Después de todo, llevaba casi dos años enfocada únicamente en el trabajo, sin permitirse momentos de desconexión como aquel. Aun así, sin pensarlo demasiado, decidió unirse a la diversión. 

Unos minutos después, Gustavo llegó al orfanato y se encontró con que todos estaban jugando, incluso Simón, que participaba con los niños manteniendo su habitual expresión impasible. Al verlo, Gustavo esbozó una ligera sonrisa antes de toser para llamar la atención del grupo. 

  • ¡Hey, Miguel! No sabía que ahora éramos niñeras. 

  • Aww, vamos, no seas amargado —Respondió Miguel—. Solo nos divertimos un rato con los niños antes de que llegara el ogro, ¿Cierto? 

Los niños gritaron que sí entre risas. Gustavo suspiró, le jaló la oreja a Miguel y luego se dirigió al resto de la división.

  • Gente, tenemos que atender unas peticiones que vienen desde arriba. En especial tú, Miguel, llegó un trabajo de última hora y necesito que te encargues. 

  • ¡Auch! —Se quejó Miguel—. Pero iba a jugar fútbol ahora. Por algo adelanté mis pendientes estos últimos días… 

  • Me importan tres hectáreas de plátanos tu juego de fútbol —Replicó Gustavo—. Yo tengo que resolver algo con la Asociación de Espadachines. Si me desocupo antes, te relevo. 

  • ¡Grrr…! Entonces me llevo a Luna. Con suerte terminamos rápido y aún alcanzo al segundo tiempo. 

Al escuchar eso, Luna se puso bastante nerviosa. Todavía estaba aprendiendo las bases del uso del maná, pero al saber que iría acompañada de Miguel pensó que no habría demasiado riesgo, después de todo, sus habilidades como paladín podrían protegerla si la situación se salía de control.

Tras la reunión, Luna y Miguel se dirigieron a una casa en muy mal estado. La pintura estaba completamente desgastada, las rejas oxidadas y deformadas por el paso del tiempo, y todo indicaba que llevaba décadas sin mantenimiento. A simple vista, parecía un lugar inhabitable. Sin embargo, contra todo pronóstico, alguien salió a recibirlos.

Era un joven que había heredado la propiedad y planeaba derribarla para construir algo nuevo, pero no podía hacerlo debido a una infestación de insectos. Necesitaba encargarse del problema antes de que se convirtiera en un riesgo para la comunidad.

Miguel y Luna entraron en la vivienda para localizar el nido. Desde el momento en que cruzó la puerta, Luna no pudo evitar mantenerse en alerta, su ansiedad era evidente. Miguel, que caminaba detrás de ella, intentó tocarle la espalda para tranquilizarla.

  • Eh… Oye, ¿Estás bie…?

No llegó a terminar la frase. En menos de medio segundo, sobresaltada, Luna se dio la vuelta y le conectó un Puño de hielo directo al rostro. El impacto fue tan fuerte que Miguel salió despedido varios metros hacia atrás.

Apenas se dio cuenta de lo que había hecho, Luna corrió hacia él para ayudarlo.

  • ¡Ay, lo siento! N-no quise hacer eso… Es solo que estoy muy nerviosa y reaccioné por instinto —Dijo mientras intentaba incorporarlo.

  • Auch… No te disculpes —Respondió Miguel llevándose la mano al rostro—. Te vi muy tensa y… Bueno, ese golpe sí que dolió. Además, ejecutaste una técnica sin decir su nombre. Eso es progreso, ¿Sabes? ¡Felicidades!

  • De verdad lo siento… Es que no tolero los insectos —Confesó Luna—. Son rápidos, impredecibles, algunos asquerosos… Y hay varios que tienen peor aspecto que muchas bestias gigantes. Simplemente no los soporto.

  • Si hubiera sabido eso, no te habría traído —Dijo Miguel con calma—. Es que, después de verte pelear contra una Mantis Ciempiés...

  • ¡Estaba huyendo por mi vida! —Lo interrumpió—. Sí, medía más de dos metros y podía cortarme como mantequilla, pero lo peor era que era un insecto.

La conversación fue interrumpida por un fuerte aleteo que resonó desde lo profundo de la casa. De inmediato, Luna se puso en guardia, con el brazo completamente cubierto de hielo, lista para atacar. Miguel, en cambio, se levantó con total serenidad, como si nada ocurriera.

El interior de la vivienda estaba en ruinas, muebles viejos y podridos, basura esparcida por el suelo y escombros por todas partes. Podían ser atacados desde cualquier ángulo, por lo que Luna permanecía en constante alerta. Miguel avanzó sin apuro hacia el origen del ruido y, sin previo aviso, dos Cucarachas Craniifer salieron disparadas desde entre los restos.

Eran bestias de tierra mucho más grandes que una cabeza humana, y en lugar de rostro tenían cráneos humanos deformados. Al instante, Miguel activó Protección santa, desviando el ataque inicial. Sin embargo, las criaturas siguieron su trayectoria hasta Luna.

Con un solo golpe, la joven logró lanzar a una de ellas lejos, pero la otra se aferró directamente a su rostro. Luna comenzó a gritar desesperada mientras intentaba arrancársela, chocando contra muebles y paredes en su intento por quitársela de encima.

Mientras tanto, Miguel se acercó con tranquilidad a la cucaracha que intentaba reincorporarse y comenzó a acumular maná en su mano derecha para ejecutar una técnica. 

  • Técnica de paladín, Cruz santa: Absolución

Frente al puño de Miguel se formó una cruz de luz azul celeste que brilló con intensidad. Al instante, lanzó el golpe contra la cucaracha, dejándola fuera de combate sin matarla.

En cambio, Luna apenas logró arrancarse la criatura del rostro y la inmovilizó contra el suelo. Acto seguido, comenzó a aplastarle la cabeza a puñetazos, pero al ver que seguía moviéndose incluso decapitada, tomó un pedazo de escombro y lo dejó caer con fuerza sobre el cuerpo, rematándola al instante. 

  • — Luna no paraba de jadear—. Maldita sea… ¡Ojalá pudiera exterminar a todas esas hijas de perra!… —Luego volteó hacia Miguel—. ¿Cómo te fue con la tuya? 

Su rostro estaba cubierto de una viscosidad desagradable y su cabello completamente desordenado por el forcejeo. 

  • La mía quedó noqueada. Gracias a Dios, Cruz santa me permite neutralizar a cualquiera sin matarlo —Respondió Miguel, extendiéndole un paño para que se limpiara.

  • ¿Cruz santa? ¿En qué consiste esa técnica?...

  • Se divide en dos variantes, Absolución y Castigo. La primera me permite extinguir el maná del objetivo. Y si sabes algo de biología, perder el maná de golpe provoca una descompensación inmediata en el cuerpo… Lo suficiente para dejar inconsciente al rival. El inconveniente es que debo gastar el doble del maná que posee el oponente para poder vaciar sus reservas. 

Luna se quedó pensando en ese último detalle. Consumir tanto maná para noquear a alguien no parecía muy eficiente a simple vista. Sin embargo, recordó lo que Miguel había dicho más temprano frente a los niños: “Todo ser vivo merece respeto por igual”.

Al mirar los restos de la criatura que había aplastado con tanta rabia, no pudo evitar sentirse incómoda.

  • Lo siento… —Murmuró—. Actué de la peor manera posible. Pude haber intentado algo distinto.

Miguel la observó, sorprendido por el cambio de tono, y terminó soltando una pequeña risa.

  • No te mortifiques por eso, Luna. No te juzgo por matar a una bestia. Solo respondiste a la situación con las herramientas que tenías a la mano. Al fin y al cabo, esa cucaracha estaba peleando a muerte, si hubiera podido matarte, lo habría hecho.

Lo que marca la diferencia es si tienes la capacidad de obtener un resultado que beneficie a ambas partes. Si posees el poder para lograrlo y aun así eliges no hacerlo… Entonces sí podrías considerarte una mala persona.

Luna se sorprendió ante aquella respuesta.

  •  Aun así… ¿No estamos invadiendo su territorio? Es lógico que nos ataquen, están defendiendo su hogar.

En ese instante, un violento aleteo volvió a sacudir la casa. Desde lo más profundo emergieron cinco cucarachas más, que se lanzaron directamente contra Miguel. Luna intentó acercarse para ayudarlo, pero él simplemente alzó los brazos y concentró maná en sus puños.

  • Técnica de paladín, Cruz santa: Castigo

Cruces de luz roja se formaron frente a sus nudillos y, en menos de un segundo, descargó una serie de golpes demoledores contra las criaturas. Todas cayeron al suelo tras el impacto, pero instantes después comenzaron a retorcerse con violencia. Algo parecía descontrolarse en su interior, hasta que partes de sus cuerpos estallaron desde dentro.

  • Castigo me permite golpear directamente la red de maná del objetivo, sobrecargándola hasta que colapsa desde adentro —Explicó Miguel mientras se limpiaba la sangre verdosa que quedo en sus manos—. Y respecto a tu pregunta… Las Cucarachas Craniifer son extremadamente territoriales. Si no aprenden a convivir con nosotros, entonces no nos dejan muchas opciones.

  • —Luna notó el gesto apagado en el rostro de Miguel y decidió no insistir con el tema—. El nido debe estar en lo más profundo de la casa. Vamos directo a él para que puedas llegar a tu partido de fútbol —Le dijo, dedicándole una sonrisa.

Miguel asintió y continuaron avanzando. A medida que se internaban en la vivienda, un hedor comenzó a intensificarse. Era un olor espeso y penetrante, con un fuerte matiz metálico que parecía quemar la nariz. Luna se cubrió con el cuello de su camisa para soportarlo, pero Miguel no mostró reacción alguna, como si careciera de sentido del olfato.

Unos pasos más adelante encontraron una habitación con la puerta completamente destrozada. No tardaron en deducir que de allí provenían las criaturas. Al entrar, se quedaron atónitos, casi todo el suelo había colapsado, formando un enorme agujero cuyo fondo no era visible a simple vista.

El olor alcanzó su punto más insoportable. Luna retrocedió un par de pasos para evitar vomitar, mientras Miguel comenzaba a canalizar una cantidad considerable de maná. La energía recorría su cuerpo con tal intensidad que un aura luminosa lo envolvió, dejando a Luna momentáneamente paralizada.

  • Señor, dame tu bendición para purificar este lugar… —Cruzó los brazos formando una cruz—. Técnica de paladín, ¡Espada sacro!

Frente a él se materializó una espada de luz tan brillante que resultaba cegadora. Sin dudarlo, la proyectó hacia el fondo del abismo. Segundos después, un estruendo sacudió la estructura y los escombros temblaron bajo sus pies.

  • —Luna se acercó—. ¿Ya te encargaste de todas?

Miguel soltó una risa inesperada.

  • Ay, Luna… Mejor prepara tus puños. Esto apenas está empezando.

  • ¿Huh?... ¿A qué te refieres?

El aleteo volvió a escucharse, esta vez mucho más intenso, acompañado de la sensación clara de que algo gigantesco ascendía con rapidez. Antes de que pudieran reaccionar, decenas de cucarachas emergieron del agujero, inundando la habitación en cuestión de segundos. El caos fue inmediato, pero aquello no era lo peor.

Desde el fondo comenzó a asomar una Cucaracha Craniifer de proporciones monstruosas, casi tan grande como el propio agujero. Sin vacilar, Miguel invocó una espada y se lanzó hacia ella. Cayó sobre su cabeza y le clavó el arma a mitad del cráneo.

El rugido de la criatura sacudió toda la estructura. Con un impulso violento, emergió por completo, atravesando el techo y arrastrando a Miguel consigo hacia el cielo. Desde las alturas, el joven apenas alcanzó a gritar a Luna que se encargara de las pequeñas, él se ocuparía de la grande.

Luna quedó abajo, intentando contener a las cucarachas menores. Golpeaba una tras otra con sus puños de hielo, pero eran demasiadas. Por cada bestia que derribaba, dos más parecían surgir del agujero. La presión comenzó a superarla y, abrumada, decidió salir corriendo hasta la calle.

Las criaturas no tardaron en seguirla. En cuestión de segundos, escaparon de la casa y se agruparon en el aire, formando una nube densa de enormes insectos que sobrevolaban calle.

El pánico se desató al instante. Los vecinos huyeron en todas direcciones, gritando y buscando refugio. Solo una pareja quedó paralizada en medio del caos, incapaz de reaccionar ante lo que ocurría. Una parte del enjambre descendió directamente hacia ellos.

Sin pensarlo dos veces, Luna corrió y se plantó frente a la pareja, extendiendo ambos brazos para interponerse entre las bestias y los civiles.

El miedo la ahogaba. No sabía qué hacer ni cómo enfrentar aquello sola. Pero, aun con el corazón desbocado y las manos temblando, su cuerpo actuó por instinto. Sabía que, si no hacía algo para proteger a quienes no podían defenderse, teniendo el poder para intentarlo, jamás se lo perdonaría. 

Luna chocó ambos nudillos con fuerza y, al instante, sus dos brazos quedaron completamente cubiertos de hielo, formando un Doble Puño de Hielo.

Comenzó a lanzar golpes contra cada cucaracha que se abalanzaba hacia ella, moviéndose con tal rapidez que era imposible contar los impactos. Sin embargo, por cada bestia que derribaba, aparecían más. La presión aumentaba y ya no daba abasto para repeler tantas embestidas.

En un último intento, colocó ambos brazos en posición vertical frente a su cuerpo, usándolos como escudo para proteger a la pareja. Aun así, el empuje constante la obligaba a retroceder poco a poco. Varias de las cucarachas que había golpeado se reincorporaban y volvían al ataque.

Pronto quedó atrapada entre la espalda y los civiles. Sin saber qué más hacer, giró sobre sí misma y les dio la espalda a las criaturas, cubriendo a la pareja con su propio cuerpo mientras los sostenía con firmeza. 

  • No se preocupen… —Dijo con voz temblorosa—. Me aseguraré de que no sufran ninguna herida. Tendrán que atravesarme primero antes de tocarlos a ustedes…

Varias cucarachas se aferraron a su cuerpo y comenzaron a morderle las extremidades, especialmente las piernas. El dolor hizo que estas temblaran, suplicando por ceder y dejarse caer al suelo. Aun así, Luna se mantuvo en pie. Mordía sus labios hasta casi hacerse sangre y clavaba las uñas en sus propios brazos para soportar el tormento. No podía permitirse caer.

Justo cuando sentía que su cuerpo estaba a punto de rendirse, escuchó a lo lejos la voz de alguien conjurando una técnica. 

  • Técnica de espada, ¡Oxicorte!

En un destello, todas las cucarachas que se aferraban al cuerpo de Luna fueron seccionadas en pedazos. Al alzar la mirada, vio frente suya a Gustavo, empuñando una espada cuya hoja ardía en llamas. 

  • Fue un error traerte aquí como primera misión —Dijo sin apartar la vista del enjambre—. Esta vez me disculpo por no intervenir ante la decisión de Miguel. Pero protegiste a los civiles. Con eso, cumpliste tu cometido. Ahora déjame el resto.

La nube de insectos se compactó y descendió en una sola embestida contra el espadachín. Gustavo avanzó un paso y comenzó a cortar. Cada movimiento era limpio, preciso, como si las criaturas no fueran más que hojas suspendidas en el aire. Desde la perspectiva de Luna, aquello parecía irreal, su compañero se movía con naturalidad absoluta en medio del caos.

Pero, mientras lo observaba, no pudo evitar que un pensamiento le atravesara la mente, “otra vez estaba siendo salvada…”.

Tras abatir a decenas, Gustavo decidió terminarlo de una vez. Sujetó la espada con ambas manos, cerró los ojos y respiró profundo.

  • 4… 16… 64… 256... 256 aleteos con ritmos distintos… Esto me dará dolor de cabeza que durará hasta mañana… Pero será lo mejor —Penso Gustavo en menos de un instante—. Técnica de espadachín, Mil y un cortes

En menos de un segundo, una ráfaga brutal de viento sacudió la calle. Luna y la pareja, a apenas medio metro de él, quedaron aturdidos por la presión del aire. Aun así, Luna alcanzó a percibir lo ocurrido, en ese breve instante, Gustavo lanzó una cantidad imposible de tajos, partiendo en ocho a cada cucaracha. Sin embargo, seis permanecieron con vida.

Luna asumió que Gustavo acabaría con ellas al momento, pero el espadachín tambaleó. Su espada cayó a un lado mientras él se arrodillaba, sujetándose la cabeza con fuerza. La técnica lo había sobreexigido.

Luna, haciendo un último esfuerzo, se incorporó apoyándose en Gustavo y luego echó a correr hacia las cucarachas restantes. Volvió a congelar ambos brazos y se lanzó contra ellas, decidida a acabar con las últimas que quedaban en pie. Sus movimientos eran torpes, agotados, pero firmes. Cada golpe llevaba más voluntad que técnica.

Gustavo, aún arrodillado y con una mano en la cabeza, observó cómo su compañera se enfrentaba a las criaturas a su manera, sin elegancia ni precisión, pero sin retroceder. No pudo evitar soltar una carcajada. 

  • Santo cielo… ¿Cómo hace Miguel para conseguir gente tan rara? —Murmuró mientras recuperaba el aliento—. Oye Luna, baja la cabeza.

La joven escuchó el comentario de su compañero, aunque no entendió a qué se refería. En ese momento, tropezó al intentar esquivar a una de las cucarachas y cayó al suelo. Aprovechando la apertura, Gustavo acabó con las seis restantes de un solo tajo limpio. 

  • Gracias por el relevo, pero solo estaba tomando un respiro de un segundo. Algunas técnicas exigen algo más que maná para ejecutarse —Dijo mientras la ayudaba a ponerse de pie—. Aun así… Bien hecho. Interviniste sin dudar. 

  • Fue por instinto, pero me alegra haberte dado tiempo para recuperarte de esa técnica tan poderosa. ¡Tienes que dejarme copiarla! —Respondió Luna, todavía entusiasmada pese al cansancio. 

  • Ahora que lo mencionas… Eso me genera un par de preguntas sobre tu habilidad para copiar técnicas… —Pensó Gustavo, hasta que recordó algo—. Oye… ahora que lo pienso, ¿Dónde mierda está ese hijo de…?

Luna empujó a Gustavo al suelo justo cuando la cucaracha reina pasó sobre ellos rozándolos a toda velocidad, con Miguel aún montado sobre ella. La criatura descendió bruscamente y, tras un impacto violento contra el pavimento, Miguel salió despedido varios metros, cayendo cerca de sus compañeros.

Gustavo, al verlo tendido en la calle, le gritó furioso por no haber terminado la misión y, acto seguido, le lanzó una piedra a la cabeza para que dejara de hacerse el muerto.

La cucaracha reina se encontraba al final de la calle. Al girarse, dejó ver su enorme cráneo deformado. La cuenca de su ojo derecho estaba completamente quemada, probablemente por la Espada Sacra de Miguel, y un profundo corte atravesaba su rostro por la mitad, señal de donde había sido herida en el aire. Permanecía inmóvil, analizando a los guerreros. En tiempo de reacción, ella era claramente superior. 

  • ¿Me puedes dar una buena razón por la que no hayas matado a ese bicho? —Preguntó Gustavo sin apartar la mirada de la bestia.

  • Me quedé sin maná. Intenté acabarla solo usando mi espada, pero es más difícil de lo que parece… Para la próxima tendré en cuenta la hora en que el pacto cobre su cuota.

  • Ese pacto solo nos ha dado dolores de cabeza y jamás lo he visto activarse. El día que lo hagas, te invito de la botella más cara del bar de mi padre.

  • Je… Me asegurare de no olvidarlo.

  • ¿De qué demonios están hablando esos dos? —Pensó Luna, manteniéndose en guardia.

La cucaracha reina aguardaba el momento oportuno para lanzarse contra ellos. De pronto, parte de la casa de donde salió la criatura colapsó, desviando la atención de los guerreros por un segundo. Fue la oportunidad perfecta para atacar.

Gustavo intentó reaccionar con una técnica, pero algo lo detuvo, la bestia parecía querer alzar vuelo, aunque permanecía anclada al suelo. La escena era totalmente confusa. Cuando la criatura volvió a intentar elevarse, todos pudieron ver qué ocurría. Alguien la estaba sujetando por una de sus patas traseras

Ninguno podía creer que una sola persona pudiera igualar la fuerza de aquella bestia. Y mucho menos hacerlo con una sola mano, mientras la otra permanecía tranquilamente dentro del bolsillo.

  • Vaya… Las bestias de la costa sí que son feas. Aunque, pensándolo bien, la naturaleza suele imitar su entorno.

Sin esfuerzo aparente, arrancó la pata con la que sostenía a la criatura. Con un rugido ensordecedor, la cucaracha reina se impulsó hacia el cielo, tomó altura y descendió violentamente contra el sujeto. El hombre levantó su brazo derecho, extendiendo la palma abierta para recibirla y un segundo antes del impacto, su cuerpo se transformó.

Ahora era una bestia colosal, peluda y musculosa, más grande que una casa. Sus manos eran tan enormes que con una sola palma podía cubrir por completo el cráneo de la cucaracha reina.

La criatura intentó resistirse, aleteando con furia, pero el cambiaformas cerró el puño con calma. Un crujido seco resonó por la calle. El cráneo de la cucaracha estalló bajo la presión, y su cuerpo cayó inerte al suelo para luego quedarse en un silencio absoluto.

Todos los presentes quedaron atónitos ante aquel despliegue brutal de fuerza. Una sola persona había acabado con una bestia de tierra como si aplastara un simple insecto.

Cuando soltó el cadáver, pudieron observarlo mejor, se había transformado en un Oso Bestia Andino, una masa compacta de músculo y pelaje negro. En su rostro destacaba una mancha blanca que se extendía en patrones irregulares, aunque lo más llamativo era que tenía marcas similares distribuidas por todo el cuerpo, algo poco común en esa especie.

Al destransformarse, reveló su verdadera apariencia, un hombre alto, de piel morena, con vitíligo que dibujaba manchas claras en distintas partes de su cuerpo, incluida la misma marca blanca en el rostro que conservaba al transformarse. Su cabello oscuro estaba completamente desordenado. Vestía sandalias tipo crocs, pantaloneta corta y un buzo desgastado sobre una camiseta igualmente gastada.

Era evidente que su apariencia no le preocupaba en lo más mínimo. Pero su presencia imponía más que cualquier soldado uniforme.

Gustavo al ver su forma humana se tranquilizó y decidió guardar su arma, era como si lo conociera. Acto seguido se acerca al sujeto para saludarlo.

  • Me informaron que iba a llegar, pero no imaginé que sería tan pronto. Es un gusto conocerlo, señor Moreno —Dijo Gustavo mientras le estrechaba la mano.

Su interlocutor sostuvo el gesto sin apartar la mirada, con expresión firme e imperturbable

  • El gusto es mío, joven Correa. La vida es curiosa en la forma en que nos presenta… Aunque, como diría mi padre, nada nuevo en el norte.

Miguel se acercó a ambos, todavía desconcertado.

  • Disculpa, Gustavo… ¿tú conoces a este sujeto?

  • Por supuesto. Él es Jorge Moreno, investigador del Centro Técnico de Investigación del país. Está aquí por el caso de la desaparición sistemática de niños en la ciudad. 

La respuesta cayó como un bloque de hielo. Luna y Miguel se miraron, incapaces de ocultar su sorpresa. 

  • ¿Q-qué acabas de decir? —Preguntó Miguel.

  • Lo que escuchaste, joven —Respondió Jorge con calma, apartándose para sentarse en la acera como si acabara de comentar el clima—. Desde la última semana han desaparecido quince niños en distintos puntos de la ciudad de Killa. Y estoy aquí para asegurarme de traerlos a todos de vuelta.

El ambiente cambió de inmediato. La ligereza que había quedado tras la batalla desapareció por completo. Miguel y Luna sintieron cómo el estómago se les encogía al mismo tiempo. Quince niños, en una ciudad donde ellos cuidaban un orfanato.

La posibilidad no necesitaba ser dicha en voz alta, era solo cuestión de tiempo antes de que los pequeños bajo su protección se convirtieran en el siguiente objetivo.

Esperaron varios minutos hasta que llegaron múltiples unidades policiales y equipos de apoyo para inspeccionar lo ocurrido. El personal de limpieza recogía los restos de las cucarachas esparcidos por la calle, mientras los paramédicos atendían a los heridos y los agentes ingresaban a la casa mientras interrogaban al propietario. 

El joven parecía genuinamente confundido. Explicó que su padre había fallecido recientemente y que había heredado la vivienda. Al descubrir la presencia de Cucarachas Craniifer, decidió contactar a los guerreros antes de que la situación se agravara. 

Cuando Luna y sus compañeros se disponían a regresar al orfanato, un grito desesperado emergió desde el interior de la casa. Todos en la calle se quedaron inmóviles y los segundos siguientes se sintieron eternos.

De pronto, varios policías salieron apresuradamente, hablando con urgencia por sus radios y solicitando refuerzos. Desde afuera no se entendía con claridad lo que decían, hasta que alguien entre el público logró escuchar una frase… y la repitió, completamente pálido. 

  • ¿Cómo que encontraron huesos humanos…?

El murmullo se propagó como una chispa en pólvora seca.

  • ¿Huesos humanos?

  • ¿Dijeron huesos?

  • ¿En esa casa?

El pánico comenzó a extenderse por la multitud. Luna giró lentamente hacia Miguel, en su rostro ya no había rastro de su habitual serenidad. Sus facciones estaban tensas, la mandíbula rígida, los ojos encendidos por una furia contenida que ella jamás le había visto.

  • Con razón ese olor metálico era tan fuerte… —Murmuró entre dientes—. ¿Qué mierda está pasando aquí…? 

La rabia en su voz no era impulsiva, era muy peligrosa.

Gustavo observó la reacción de su amigo de toda la vida. Conocía bien esa mirada, Miguel estaba conteniéndose. Iba a intentar calmarlo cuando Jorge lo llamó aparte. Conversaron durante unos minutos en voz baja y luego Gustavo regresó junto a los demás. 

  • Oye, tranquilo, ¿sí, Miguel? —Dijo, obligándolo a sostenerle la mirada—. Sea lo que sea que ocurrió aquí, no está relacionado con los niños. Los huesos son de adultos y llevan bastante tiempo en descomposición. Mejor volvamos al orfanato y pongamos al día a los demás.

Miguel soltó un largo suspiro, liberando parte de la tensión que cargaba.

  • Sí… vamos.

Regresaron al orfanato y esperaron a que el resto de la división se reuniera para explicar lo sucedido. Cuando todos estuvieron presentes, Gustavo tomó la palabra.

Esa misma mañana había sido convocado con urgencia a la Asociación de Espadachines de Killa. Dos días atrás, dos jóvenes promesas y un amigo suyo habían desaparecido justo después de terminar sus clases habituales. Nadie sabía en qué punto exacto se les perdió el rastro. Era como si la propia ciudad se los hubiera tragado. Con esos tres casos, el número ascendía a quince niños desaparecidos en la última semana. La situación había activado todas las alarmas institucionales. El objetivo era encontrarlos lo antes posible.

Y ahora, además, se sumaba el hallazgo de la fosa común descubierta por Luna y Miguel en el nido de cucarachas. La información cayó como un peso insoportable sobre el ambiente. 

El orfanato, que horas antes estaba lleno de risas y juegos, se sentía distinto. Más frágil. Más expuesto.

Un sentimiento de inseguridad comenzó a apoderarse de todos. Era como si, por un instante, la oscuridad de la ciudad hubiera corrido el velo que la ocultaba, revelando lo densa y profunda que podía ser… Aquello que normalmente nadie alcanza a ver. 

Gustavo pidió que, a partir de ese momento, siempre hubiera al menos dos miembros de la división en el orfanato y que ningún niño saliera solo en ninguna circunstancia. Todos aceptaron sin objeciones.

Al terminar la reunión, fueron a hablar con los pequeños para informarles que durante los próximos días no podrían salir a jugar a la calle. Muchos reaccionaron con molestia y desánimo, pero ninguno se atrevió a discutir la decisión de su hermano mayor, Gustavo. No les explicaron lo que realmente estaba ocurriendo, simplemente les dijeron que eran días peligrosos para estar afuera.

Luna notó algo curioso.

Carlos, el luchador, y Gustavo estaban conversando con niños específicos de manera más privada. Gustavo hablaba con el adolescente sin brazos al que había reprendido el día en que ella llegó por primera vez. Probablemente, por ser mayor, sí le estaban contando parte de la verdad. Por otro lado, Carlos conversaba con Leo, uno de los más pequeños del orfanato, un niño de apenas cuatro años. Por alguna razón, Carlos siempre mostraba un interés especial por él. Luna supuso que le habría tomado cariño por algún motivo personal.

Más tarde, cuando todos los niños ya estaban dormidos, Luna se quedó en el patio, bajo el gran árbol, revisando su celular. Leía las noticias y los comentarios sobre las desapariciones en Killa y el hallazgo de la fosa común.

La mayoría de los mensajes hablaban de lo insegura que se había vuelto la ciudad. Otros criticaban duramente al Héroe Amaru, llamándolo un simple símbolo vacío de esperanza.

En ese momento apareció la hermana Roberta, ya vestida con ropa de dormir, que había salido únicamente a buscar un vaso de agua.

  • Bostezo… ¿Qué haces aquí tan sola, Luna? —Preguntó Roberta con total despreocupación mientras se rascaba los ojos y el abdomen—. Si quieres, puedo prepararte un té con miel que te deja KO. Si no, pregúntale a Miguel. Cuando yo lo tomo, no hay ser en este mundo que me despierte, jejeje. 

  • Jejeje, no te preocupes por eso, Roberta… —Respondió Luna—. Es solo que, después de todo lo que pasó hoy, es difícil procesarlo 

Bajó la mirada, y en su rostro se dibujó una tristeza que no había mostrado durante el día.

  • Llevo dos años viviendo en esta ciudad, desde que empecé la universidad, y nunca imaginé que hubiera un lado tan turbio justo debajo de nuestras narices… Hasta mi padre me llamó, completamente preocupado, después de ver las noticias.

  • Ya veo… —Roberta se sentó a su lado en la banca—. No deberías darle demasiadas vueltas. Sería mentirte decir que Killa nunca ha sido así. Desde sus inicios ha tenido momentos que muchos preferirían olvidar. Pero lo único que podemos hacer es mantenernos firmes y cuidar a quienes más nos necesitan… O al menos eso es lo que suele decir Miguelito en situaciones como esta.

Roberta tomó a uno de los morrocoyos que pasaba lentamente junto a ellas y lo colocó sobre las piernas de Luna. Luego comenzó a acariciarle suavemente la cabeza. El gran cristal incrustado en su caparazón empezó a emitir un brillo tenue que poco a poco se intensificó.

Los Morrocoyos de Cristal son criaturas muy sensibles a las emociones. Según su estado anímico, el cristal en su caparazón irradiaba mayor o menor intensidad.

  • Tenemos varios morrocoyos porque dicen que su luz ahuyenta cualquier mal. Brillan con tanta fuerza que la oscuridad no tiene más opción que retroceder. Miguel quiere hacer lo mismo, brillar lo suficientemente fuerte como para espantar cualquier sombra, no solo de aquí, sino de toda la ciudad… Y si pudiera, del país entero. Solo que, bueno, es un despreocupado y va siempre a su propio ritmo —Añadió entre risas.

Luna soltó una pequeña carcajada, acompañando la de Roberta, mientras observaba el suave resplandor que desprendía la criatura.

  • Sí… Supongo que no debería darle tantas vueltas al asunto. Gracias por acompañarme, Roberta. Por cierto, creo que sí aceptaré esa taza de té. Quiero comprobar si también tiene efecto en mí.  

  • ¡Bien! Dame un momento y vuelvo con mi somnífero de confianza —Respondió antes de dirigirse a la cocina.

Apenas Roberta desapareció por el pasillo, el ente volvió a materializarse en la banca junto a Luna, como si siempre hubiese estado allí.

  • ¿Por qué eres tan mentirosa? Pudiste decirle que no puedes dormir porque no dejas de pensar en lo rápido que el CTI envió a un investigador… Incluso antes de que se hiciera oficial que las desapariciones tenían un patrón —Su sonrisa no ocultaba la burla.

  • Ay, cállate… ¿Ahora también lees mi mente? Quizá solo sea una simple coincidencia. No todo necesita una explicación conspirativa. A veces las cosas simplemente pasan y ya.

Luna dejó al morrocoyo en el suelo y se puso de pie, dándole la espalda a la entidad mientras caminaba hacia la cocina. 

  • Entonces… ¿También es coincidencia que el investigador sea un guerrero? —Continuó manteniendo un tono voz tranquila—. Según tengo entendido, el CTI se divide en la rama civil y la de guerreros. No comparten miembros, para evitar desequilibrios de poder… Igual que con la policía. 

Así que, si enviaron tan rápido a un detective guerrero para un caso que públicamente aún no se ha relacionado con bestias ni con maná… Solo puede significar una cosa…

La entidad inclinó la cabeza hacia atrás, observando la espalda de Luna. La joven se detuvo y giró apenas el rostro.

  • … ¿Que el CTI sabe más de lo que aparenta?

  • Ohhh… Sí. Pero eso sería quedarse corto. Yo diría que vinieron por algo más… Y que las desapariciones les cayeron como anillo al dedo… Hehehe…

Las palabras se clavaron en la mente de Luna. Si aquella sombra tenía razón, lo que estaba ocurriendo en Killa era mucho más grande de lo que parecía. Se quedó inmóvil, atrapada en sus pensamientos, hasta que la voz de Roberta la llamó desde la cocina para que fuera por el té.

Si no hubiese sido por eso, probablemente habría permanecido allí varios minutos más, tratando de entender qué era lo que realmente buscaba el CTI en la ciudad.

Cuando Luna abandonó el patio, la entidad quedó sola bajo el árbol. Miró fijamente la luna brillante en el cielo y soltó un suspiro suave. 

  • Otra vez vamos a chocar… Espero que elijas bien tu peón en esta partida… 

Y desapareció.

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