La maga azul

Capitulo 2: (Testeo)

Capitulo 2: (Testeo)

“Desde que existen registros, la humanidad ha convivido con seres conocidos como Bestias. Gobernantes absolutos de la tierra, el cielo y los mares, estas criaturas se encontraban en la cúspide de la cadena alimenticia, dejando a los humanos indefensos ante su poder. Sin embargo, todo cambió cuando descubrieron cómo manipular la misma energía que fluía en las bestias y en el mundo mismo: el maná.”

Luna iba sentada en un autobús junto a quien, según le habían dicho, sería su nuevo jefe: Miguel, líder de la decimotercera división de guerreros de la ciudad. La joven no sabía cómo reaccionar. Apenas acababa de enterarse de la existencia de esa división, y su líder no se parecía en nada a lo que había imaginado. Su actitud despreocupada y su estilo desalineado no desprendía precisamente autoridad, y eso solo alimentaba su confusión sobre qué clase de compañeros le esperaba.

Intentando romper el incómodo silencio entre ambos, Luna decidió hacerle una pregunta. 

  • Entonces… ¿Qué zona dices que cubre la decimotercera división? —pero al mirar a su lado, notó que Miguel no le estaba prestando atención. Estaba dormido— ¿Eh?... ¿Te dormiste?

Antes de que pudiera despertarlo, el autobús frenó de golpe. Miguel se fue de bruces hacia delante, golpeándose con fuerza la frente contra el asiento adyacente. Varios pasajeros se giraron sorprendidos, pero Miguel solo se incorporó con un enorme bostezo.

  • ¿Ya llegamos? —preguntó como si nada, aún medio adormilado—

  • Eh… ¿estás bien? —preguntó Luna, desconcertada, mientras lo observaba con los ojos muy abiertos. La frente de Miguel estaba roja por el golpe, pero él parecía no notarlo—

  • ¿Por qué lo dices? Solo me dormí un rato. Los asientos del bus son tan cómodos que siempre aprovecho para dormir un poco —respondió, como si no acabara de darse un cabezazo en público—

  • ¡Pero si es más cómodo dormir colgado de un clavo que en estos asientos! —pensó Luna, sin poder creer del todo la situación que estaba viviendo. Suspiró y volvió a intentarlo—

  • En fin… solo te estaba preguntando, ¿Qué zona cubre exactamente la decimotercera división?

  • Ah, solo nos encargamos del Barrio Abajo y algunas calles aledañas —respondió Miguel, mientras se rascaba la frente con desgano— Qué raro… me pica la frente…

  • ¿Solo un barrio? —repitió Luna, frunciendo ligeramente el ceño— Jmmm… supongo que eso significa que son un grupo pequeño…

Después de varios minutos, Luna y Miguel bajaron del autobús y comenzaron a caminar por el barrio. Era la primera vez que Luna pisaba esa zona de la ciudad, y no pudo evitar sorprenderse por lo distinta que se sentía en comparación a los lugares que solía frecuentar. Había algo en el ambiente que le resultaba familiar… Algo que le recordaba al hogar que había dejado atrás cuando se mudó desde su pueblo natal para estudiar en Killa. 

Desde distintos rincones se oía música, cada casa parecía tener su propia melodía de fondo. Había personas sentadas en las terrazas charlando animadamente, niños corriendo y jugando por las calles, ancianos reunidos en las esquinas disputando juegos de mesa. La calidez y la vida que desprendía el barrio era tan auténtica que Luna apenas podía creer que aún existiera un rincón así en la ciudad. 

Luego de caminar varias cuadras, llegaron finalmente al destino, la base de operaciones de la decimotercera división. Pero lo que vio la dejó completamente confundida.

—¿Una iglesia? —pensó, al ver la fachada del edificio que tenían enfrente—

Antes de que pudiera preguntarle a Miguel si estaban en el lugar correcto, varios niños salieron corriendo desde el interior del recinto. Se lanzaron sobre él con sonrisas y risas, abrazándolo y colgándose de su ropa como si fuera su hermano mayor.

  • ¡Oigan, oigan, tengan cuidado conmigo! ¡No quiero caer encima de ustedes y aplastarlos! Jajaja —decía Miguel mientras trataba de mantener el equilibrio, cargando a varios niños que se le colgaban por todos lados—

  • ¡Prometiste jugar con nosotros esta mañana! ¡Nos debes unos partidos de fútbol! —reclamó un niño que se aferraba a su brazo como si fuera una rama—

  • ¡Y también dijiste que nos ayudarías a reparar los juguetes rotos! ¡Nos lo prometiste! —agregó una niña, abrazada con fuerza a su pierna—

  • ¡Lo sé, lo sé! Tienen razón, perdón por llegar tarde —respondió Miguel, riendo con suavidad— Pero tenía una misión importante, ir a buscar a una nueva compañera que va a estar con nosotros desde hoy. —con una sonrisa, Miguel apuntó hacia Luna— Se las presento.

Todos los niños voltearon a ver a Luna, pero sus miradas fueron frías, incluso algo temerosas. Para ellos, era una completa desconocida. Sin decir una palabra, comenzaron a esconderse detrás de Miguel, usándolo como escudo.

  • Vamos, no sean así —dijo él con una sonrisa tranquila—. Luna es buena gente, ya lo verán.

Aun así, los niños no se acercaron. Miguel, entendiendo la situación, les prometió que más tarde jugaría con ellos, lo que bastó para calmar sus ánimos. Luego, giró hacia Luna con una expresión algo apenada.

  • Perdón por eso… no es nada personal. No están muy acostumbrados a gente nueva. ¿Qué te parece si entramos?

Luna asintió, y ambos entraron a la iglesia. Desde afuera ya se veía bien cuidada, con colores vivos que parecían recién pintados, pero el interior la sorprendió aún más. Las bancas, el altar, las decoraciones, todo estaba en tan buen estado que parecía nuevo. El lugar imponía respeto.

Al fondo, un hombre de edad avanzada, probablemente rondando los setenta, estaba de rodillas, rezando en silencio. Su postura era tranquila, solemne. Cuando terminó su oración, se levantó con serenidad y caminó hacia ellos para saludarlos.

  • Vaya, vaya… hace tiempo que no te veía por acá, Carol. ¿Ya te reconciliaste con Miguelito? —preguntó el padre con una sonrisa amable mientras extendía la mano para saludar a Luna—

  • Eh… ¿Carol? —murmuró Luna, claramente confundida—

  •  Ay, Dios Padre… —dijo Miguel, soltando un suspiro. Le quitó los lentes al anciano con cuidado, los limpió con la parte baja de su camisa y luego se los colocó de nuevo—. Ella no es Carolina. Es una nueva integrante de nuestra división. Y, por cierto, yo rompí con Carolina hace como dos meses…

  • ¿Oh, en serio? Qué lástima… aunque ahora que lo mencionas —el padre entrecerró los ojos, intrigado—, si ya no estás con Carolina… ¿Con quién estabas anoche?

  • Con Julieta, la hija del panadero de la esquina —respondió Miguel sin dudar, y luego bajó la voz—. Aunque… mi pareja actual es Jessica —dicho eso, se giró rápidamente hacia el padre con una sonrisa forzada— ¡Pero eso no importa! Dejemos de hablar de mi vida amorosa antes de que aparezca la hermana Roberta y…

  • Con que saliendo con dos chicas a la vez… —interrumpió de inmediato una voz femenina y seca—

Al voltear, Luna notó la presencia de una joven monja justo detrás de Miguel. Tenía una apariencia serena, probablemente de su misma edad. Aunque el uniforme cubría casi todo su cuerpo, era evidente que poseía un rostro armonioso y delicado. Solo se alcanzaba a distinguir su cabello castaño claro asomando por los bordes del velo, y unos ojos color café que reflejaban carácter.

La joven comenzó a reprender a Miguel sin contenerse, señalándole con firmeza su falta de responsabilidad afectiva y su tendencia a involucrarse sentimentalmente sin pensar en las consecuencias. Luna observaba la escena en silencio, sorprendida por la energía con la que discutían. Por un momento pensó que se trataban como hermanos, lo que le pareció casi entrañable dentro del caos.

Cuando finalmente la tensión entre ambos se disipó, Luna aprovechó para presentarse de manera más formal ante el padre de la iglesia y la joven monja. El anciano, que hasta entonces había permanecido en silencio con una expresión pacífica, la recibió con una sonrisa genuina. Roberta, la monja, fue más reservada, pero asintió con una educación.

Luna se dio cuenta de que, además de Miguel, solo ellos parecían trabajar en esa iglesia. Era un entorno inusual para lo que imaginaba que sería una división de guerreros. 

  • Mucho gusto a todos ustedes. Me llamo Luna Martínez, soy una guerrera novata y mi clase es maga azul. Muchas gracias por confiar en mí para trabajar con ustedes —dijo Luna, manteniendo la mirada hacia abajo debido a los nervios. No era muy buena en las entrevistas de trabajo—

  • Vaya, qué bonito nombre tienes —respondió el padre—. Martínez… en cierto sentido, se podría decir que tu nombre significa “Hija de la luna”. Jejeje, ignórame, me gusta pensar en voz alta.

A Luna le pareció curiosa la observación del padre. Sabía que su apellido, Martínez, significaba literalmente “Hijo/a de Martín”, pero nunca había pensado que, al combinarlo con su nombre, podría tener un significado con un toque mágico. 

  • Ay, padre, debería tener cuidado con esa costumbre. Por poco revela las confesiones de las personas en mitad de la misa —decía la joven hermana, cubriéndose el rostro por la vergüenza—. Y supongo que tú la contrataste solo por el hecho de ser una maga azul, ¿no? —preguntó, mirando fijamente a Miguel con una expresión de desaprobación—

  • ¿Qué te puedo decir? Me gusta la variedad en mi equipo de trabajo —respondió Miguel con total serenidad—

"¿Solo le interesé por mi clase?" Esa pregunta rebotaba sin cesar en la mente de Luna. Los magos azules eran extremadamente raros en el país; de hecho, esa clase estaba a punto de ser eliminada de la lista oficial de clases reconocidas por el Ministerio de Guerreros. Y no era de extrañar. Aunque podían imitar técnicas de otras clases, esa misma habilidad jugaba en su contra, pues su rendimiento dependía completamente del tipo de oponente al que se enfrentarán.

Luna era un caso especial. Debido a la “maldición de hielo” en su brazo derecho, toda su red de maná funcionaba de manera anormal, lo que afectaba directamente cómo manipulaba el maná.

Miguel le mostró el resto del lugar. La iglesia estaba conectada a una casa que funcionaba como orfanato. Era una vivienda amplia, con un extenso patio en el que los niños jugaban libremente. En el centro, un gran árbol brindaba sombra, y macetas llenas de plantas adornaban cada rincón. Luna no podía evitar pensar en lo costoso que debía ser mantener un lugar así. En su pueblo, solo las familias adineradas podían permitirse hogares tan bien cuidados.

El orfanato albergaba una gran cantidad de niños. Aún no le habían dicho cuántos exactamente, pero a simple vista, Luna calculaba que eran más de veinte. Mientras caminaba junto a Miguel, se percató de un niño apartado de los demás. No tenía brazos, y sin embargo, estaba completamente concentrado tallando una figura de madera con los pies. Usaba uno para sostener firmemente la pieza, mientras que con el otro, entre el pulgar y el índice del pie, manejaba una pequeña navaja con la que daba forma al bloque. Desde la distancia, Luna no podía ver con claridad, pero le parecía que estaba esculpiendo un ave.

De pronto, la escena fue interrumpida por un adulto que se acercó a regañar al niño. Por sus palabras, Luna supuso que el pequeño se había cortado. El hombre lo atendió con naturalidad, limpió la herida y le colocó una venda con cuidado. Luna observó todo en silencio. Había algo en ese sujeto que le resultaba familiar, pero no pudo precisar quién era, justo cuando intentaba recordarlo, Miguel la llamó desde la entrada de una habitación.

Al entrar en la habitación, Luna notó que había dos hombres y una mujer dentro. Uno de los hombres escribía algo en una libreta y, por su apariencia, seguramente era un cambiaformas, es decir, un híbrido entre humano y bestia. Tenía orejas largas, colmillos que sobresalían de su boca y ojos amarillos que brillaban a pesar de la buena iluminación del lugar. Probablemente estaba emparentado con algún tipo de bestia de aire, quizá de la familia de los murciélagos. 

El otro hombre estaba concentrado en devorar un enorme plato de arroz. Llevaba el cabello corto y una camisa sin mangas, lo que dejaba a la vista unos brazos no solo bien definidos, sino también cubiertos de varios moretones.

Por último, la mujer descansaba en un sofá mientras veía su celular. Tenía ciertos rasgos asiáticos, el cabello le caía hasta los hombros y sus ojos eran de un rojo intenso. Encima de su pecho descansaba un grimorio abierto, como si hubiera estado leyéndolo hasta hace poco.

Luna se quedó sin palabras, no sabía cómo presentarse ante aquellas personas. El silencio que se formó en la sala fue roto por Miguel, quien, con gran entusiasmo, se encargó de presentarla como la nueva integrante del equipo.

  • ¡¿Qué tal, muchachos?! Hoy les traigo a una nueva amiga que nos ayudará con nuestros asuntos de guerreros. Vamos, preséntate, no seas tímida —dijo Miguel, dándole una “pequeña” palmada en la espalda a Luna para motivarla—

El golpe fue tan fuerte que Luna habló casi sin pensar, más por reflejo que por decisión.

—¡BUENAS TARDES A TODOS! SOY LUNA MARTÍNEZ, TENGO 24 AÑOS, SOY GUERRERA DESDE HACE DOS AÑOS Y MI CLASE ES MAGA AZUUUUUL… ¡Mierda, eso duele! —exclamó, llevándose la mano a la espalda para sobarse y apaciguar el dolor—

Cuando se dio cuenta de la situación, notó que los demás la miraban de forma extraña. Al principio pensó que era por su presentación tan abrupta, pero pronto la chica de rasgos asiáticos empezó hablar.

  • Oye, Miguel… sé que te gusta trabajar con gente “rara” y todo eso, ¿pero era realmente necesario reclutar a una maga azul? Por algo está el rumor de que los van a quitar de la lista oficial de clases del país… —comentó, observando a Luna con indiferencia—

  • Awww, vamos, Nana, no te pongas así. Seguro que Luna te convencerá cuando te diga cuántas técnicas conoce. Adelante, no seas tímida, díselo —respondió Miguel con una sonrisa dirigida a Luna—

  • Mierda… ¿Ahora qué hago? —pensó Luna— No puedo decirles que solo sé una técnica… no esperaba estar en esta situación desde el primer día. Bueno, simplemente lo diré sin rodeos.

Antes de que Luna pudiera responder, fue interrumpida por la hermana Roberta, quien entró con paso apresurado para informarle a Miguel que varios pandilleros estaban causando problemas en una taberna cercana y que el dueño del local había solicitado explícitamente su ayuda. Miguel se rascó la cabeza unos segundos y soltó un suspiro, dejando claro lo poco que le apetecía atender ese asunto. Sin embargo, al mirar a Luna, se le ocurrió que podría ser un buen momento para evaluar su potencial en acción. 

Sin darle tiempo a protestar, la tomó de la muñeca y comenzó a arrastrarla hacia la salida, avisando a los demás que los esperaría en el lugar.

Tras caminar unas pocas calles, llegaron a la taberna. El local estaba abarrotado de delincuentes que hacían un gran alboroto mientras bebían, festejaban y miraban un partido de fútbol en el televisor del establecimiento. Varias motocicletas rodeaban el lugar, que ocupaba por completo una esquina entera de la cuadra. Los tipos tenían un aspecto intimidante, y era evidente que no sería sencillo deshacerse de ellos. 

Entre los presentes, Luna notó a un hombre mayor que repartía cervezas a los pandilleros. En un momento dado, el anciano logró ver a Miguel y le hizo una discreta señal pidiéndole ayuda. Sin embargo, antes de que pudiera decir algo, uno de los delincuentes le lanzó una botella de cerveza que impactó contra la pared al lado de su cabeza.

  • ¡Quítate de en medio! No me dejas ver la pantalla. Mejor trae más cerveza por acá, que se nos acabó —exclamaba uno de los pandilleros—

  • Oh, vaya… Están jugando los Patriotas contra los Megalodones. No sabía que hoy se daba este clásico. Tal vez me quede viéndolo —decía Miguel mientras se sentaba justo frente a la pantalla, tapando la vista de todos—

Todos los pandilleros comenzaron a gritarle y lanzarle amenazas a Miguel, pero este no se inmutaba. De repente, uno de ellos se colocó a su espalda y le puso la mano en el hombro para intimidarlo. Sin embargo, Miguel se levantó tranquilamente, lo miró de frente y lo saludó con despreocupación. 

  • ¿Qué tal, amigo? ¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó mientras sostenía la mejilla de su contrario—

Al instante, los demás notaron quién era realmente aquel que les bloqueaba la vista de la pantalla. Con terror, gritaron al unísono: “¡Es Miguel!”. Enseguida se pusieron a la defensiva y desenfundaron sus armas: espadas cortas, cuchillos, nudilleras y pistolas mánicas. Antes de que pudieran atacar, Miguel levantó ambas manos sin perder su serena expresión. 

  • ¡Wow, cálmense por favor! Es un poco injusto que quieran lanzarse contra mí unos… cinco… diez… Veinte al mismo tiempo. Pensé que ustedes tenían cierto código de honor.

  • ¡Ajá, sí! Hazte el idiota, como si tú y tu división fueran unos novatos. Más bien, debemos aprovechar que estás solo para deshacernos de ti —respondió uno de los pandilleros mientras le apuntaba a la cabeza con su pistola mánicas—

  • Y ese… Es tu primer y último error, amigo —replicó Miguel con total confianza— Nunca estoy solo. Adelante, muchachos.

Los criminales miraron a su alrededor esperando refuerzos enemigos, pero solo encontraron a Luna detrás de ellos, visiblemente nerviosa por tantas miradas fijas sobre ella. Miguel, algo confundido, le preguntó dónde estaban los demás.

—Pues… cuando llegamos aún no los veía a lo lejos, así que deduzco que todavía no han salido de la base —respondió la joven—

⎯ —Miguel suspiró y murmuró para sí mismo— Me quiero pegar un tiro en la entrepierna…

De repente, uno de los pandilleros armado con un cuchillo cargó directamente contra Luna, intentando cortarla en la cara. Ella retrocedió un paso y trató de cargar su puño de hielo, pero el atacante fue más rápido y estuvo a punto de alcanzarla con un tajo justo entre las cejas. En ese instante, una barrera de maná envolvió su cuerpo, protegiéndola del corte. Aprovechando la apertura, Luna contraatacó y conectó de lleno su puño en el rostro del agresor, dejándolo noqueado en medio del bar. 

Antes de que Luna pudiera asimilar lo ocurrido, otros tres tipos la rodearon: dos con espadas cortas y uno con un bate. De pronto, alguien la empujó hacia abajo; al levantar la mirada vio a Miguel encima de ella, sosteniéndose con una mano sobre Luna mientras con la otra iniciaba una plegaria.

  • Técnica de Paladín… ¡Protección santa! 

Un manto de maná blanco, adornado con una cruz luminosa en el centro, los envolvió bloqueando todos los ataques. Los pandilleros con pistolas mánicas comenzaron a disparar sin descanso, pero las balas de energía chocaban sin causar daño.

Luna se quedó boquiabierta, sabía que las barreras siempre tenían limitaciones, y sin embargo aquella protegía un área amplia y se mantenía estable.

  • ¡Muchas gracias por cubrirme dos veces! No sabía que podías usar una técnica de protección tan poderosa… ¡Seguro eres un guerrero de alto rango! —le decía mientras los disparos seguían golpeando el escudo—

  • No exageres, compañera —respondió Miguel con calma— Primero usé coraza para desviar ese corte, y ahora protección santa. Es una especialidad exclusiva de paladines —sonrió mientras levantaba la mano y hacía el símbolo de la paz—

  • Wow… ¿Y cuánto dura? —preguntó Luna con curiosidad—

  • —Miguel miró su reloj— A ver… 28, 29 y listo.

En ese mismo instante, la barrera se desvaneció, dejándolos al descubierto. Los pistoleros volvieron a apuntar y los demás blandieron sus armas, listos para otro ataque. Luna tomó la mano de Miguel, la misma con la que hacía el gesto de paz y lo miró con preocupación.

  • Eh… ¿Qué esperas para volver a usar Protección santa?

  • Auch… tienes más fuerza de la que aparentas —Miguel rió suavemente— Debo esperar alrededor de un minuto para volver a usarla.

  • ¡No puedes estar hablando en serio! 

Mientras Luna lo sujetaba, una extraña claridad recorrió su mente. Pudo ver cómo líneas y puntos de maná se unían formando la estructura de una técnica. Y justo cuando los pandilleros atacaron de nuevo, entrelazó sus manos con las de Miguel y recitó con torpeza.

  • T-técnica de Paladín… ¡P-protección santa

Esta vez, una barrera de hielo con una cruz en el centro los cubrió, deteniendo la ofensiva. Ambos se quedaron atónitos, Luna había replicado la técnica por puro instinto. 

  • ¡No inventes, ¿también sabes técnicas de Paladín?! Sabía que no me equivoqué al reclutarte. Contigo podremos subir de rango como división —exclamó Miguel, eufórico—

Pero la emoción duró poco. La barrera de hielo se resquebrajó y se hizo añicos bajo un ataque enemigo, pues su versión era más débil que la original. Miguel comenzó a concentrar maná en la palma de su mano para contraatacar, cuando de repente, detrás de los pandilleros, surgió una pequeña esfera de agua flotante. En menos de un segundo se expandió hasta alcanzar un metro de diámetro… y explotó con violencia, noqueando a los que estaban cerca de la entrada del bar.

  • Oye, despeinado. Para la próxima espera a que estemos listos antes de meterte solo en problemas —dijo una voz femenina con un tono burlón—

Luna volteó hacia la entrada y la reconoció de inmediato, era la chica de rasgos asiáticos que había visto en la base. Caminaba con paso firme, y a su lado flotaba un grimorio abierto, rodeado por un halo de maná palpitante.

Tras ella aparecieron los otros dos jóvenes del grupo. El cambiaforma de orejas largas avanzaba tranquilamente, observando todo sin expresar algún sentimiento, mientras el de cabello corto tenía las manos guardadas en sus bolsillos. Ninguno empuñaba un arma, pero los pandilleros sabían que aun así no la tendrían fácil para ganarles.

  • Carajo, ahora tenemos que encargarnos de toda la división… —gruñó uno de los pandilleros—. Bien, venga, ¡no les tengo miedo a estos idiotas! 

El sujeto avanzó arrastrando su espada contra el suelo, levantando chispas hasta que lanzó un tajo ascendente hacia la joven asiática. Ella esquivó con un giro elegante hacia el lado contrario y contraatacó con una patada al abdomen. Sin perder el impulso, giró sobre sí misma, trazando un rastro serpenteante en el suelo con su pie, y al completar la vuelta lanzó otra patada, esta vez cargada de maná.

  • Técnica de maga roja… ¡Dragón de agua! —exclamó

En el instante del impacto, un dragón líquido emergió rugiendo desde la espalda del pandillero y lo catapultó en línea recta, llevándose por delante a otros dos que cayeron noqueados de inmediato. La joven, como si nada, hizo levitar su celular junto al grimorio y comenzó a grabarse.

  • ¡Hola, chicos! Tiempo sin vernos… Espero que tengan ganas de ver cómo les parto la cara a unos malotes, porque hoy hay material de sobra, jejeje —Saludaba animada, exagerando sus gestos frente a la cámara.

  • Espera, ¿esta chica es… una influencer? —Pensó Luna, esquivando como podía los ataques a su alrededor.

Mientras tanto, dos pandilleros intentaron emboscar al joven de piel morena y cabello corto. Él, con las manos aún en los bolsillos, se limitó a esquivar con un juego de pies ágil y casi perezoso. Esperó el momento justo y, con un movimiento tan rápido que parecía invisible, soltó un par de golpes secos que hicieron tambalear a sus oponentes. 

Aunque aturdidos, los dos aún se mantenían en pie y, furiosos, lanzaron un último ataque desesperado. El joven simplemente dio media vuelta, caminando con indiferencia.

  • Técnica de luchador… Doble impacto… —Murmuró entre bostezos.

En un abrir y cerrar de ojos, vuelven a ser impactados en los mismos puntos que antes. Esta vez, los pandilleros cayeron sin remedio, desmayados en el suelo.

Por último, quedaba el cambiaformas. Avanzaba con paso firme, imperturbable ante el caos a su alrededor. Cada pandillero que se acercaba recibía la misma respuesta: un esquive preciso, un desarme limpio y un golpe seco en la cabeza que lo dejaba fuera de combate. No había desperdicio en sus movimientos, solo profesionalismo. Era evidente que lo había hecho cientos de veces.  

Luna observaba hipnotizada. La coordinación del grupo, la serenidad con la que luchaban no lo había sentido jamás con sus antiguos compañeros. Esa chispa de admiración, casi reverencia, era la misma que experimentaba al ver a sus ídolos de la infancia, como Amaru y otros grandes guerreros. 

De pronto, un pandillero se desplomó sobre la mesa junto a ella. Luna se puso en guardia, pero él apenas le prestó atención: tenía la mirada fija en Miguel. En un descuido, el hombre sacó un arma de la parte trasera de su pantalón. No era una pistola manática; carecía de runas o inscripciones, era un modelo común, completamente negra, tangible, no invocada. Sin embargo, antes de que pudiera disparar, un estruendo retumbó desde fuera del bar: el rugido de un motor de motocicleta. 

Todos los pandilleros se quedaron helados al ver quien era.

  • Oh, mierda… es el jefe… ¡Les dije que era mala idea venir acá! —Balbuceó uno, tambaleándose para ponerse en pie.

  • Carajo… aún no me recupero del castigo anterior… —Murmuró otro, intentando mezclarse entre la multitud para no ser visto.

La motocicleta se detuvo frente al local. De ella descendió un hombre con un bate metálico de béisbol en la mano. Avanzaba con calma, lanzando el bate al aire y atrapándolo por el mango una y otra vez, como si fuera un simple juego. Mientras lo hacía con la mano derecha, mantenía la mano izquierda sumida en el bolsillo del pantalón.

El sujeto era alto, quizá un poco más que Miguel. Tenía la piel morena y el cabello corto en la parte superior, rapado a los lados con líneas rasuradas que resaltaban sobre su cabello oscuro. Su atuendo parecía desastroso: una camiseta blanca manchada de aceite para vehículos, joggers negros agujereados y zapatillas tan deterioradas que parecían a punto de desintegrarse. Pero esa apariencia no coincidía en absoluto con el aura que emanaba. Sin mostrar emoción alguna, sus ojos bastaban para helar la sangre y dejar un nudo en la garganta a cualquiera que lo mirara demasiado tiempo.

El hombre entró al bar sin prisa y, en mitad del silencio que se formó, dejó caer su voz.

  • ¿Quién fue? —Preguntó, girando el bate en círculos sin soltarlo del mango.

Inmediatamente, varios pandilleros respondieron señalando a uno de los suyos: el mismo que Luna había derribado con su puño de hielo. El hombre aún yacía inconsciente en el suelo.

  • F-fue él, señor… —Balbuceó uno de los pandilleros, temblando—. Él dijo que no habría problema porque usted había autorizado que viniéramos acá.

Otro, justo a su lado, lo encaró en voz baja, lo bastante cerca para que Luna escuchara.

  • ¡Oye! Él nunca dijo eso, vas a hacer que el jefe lo mate…

  • ¿Y eso importa? Si quieres recibir también un castigo acompáñalo.

Antes de que el jefe llegara hasta el pandillero noqueado, pasó al lado de Miguel. Este no pudo evitar saludarlo, aunque con evidente tensión en la mirada.

  • Hey, Edgar, tiempo sin verte… —Dijo Miguel, con una media sonrisa nerviosa—. Disculpa vernos en estas condiciones, pero ya sabes: tus muchachos rompieron el trato, y pues, tocaba jalarles la oreja. Mira que ni siquiera usamos armas.

Edgar apenas inclinó la cabeza, sin detenerse.

  • No te preocupes —Respondió con voz grave y tranquila—. Yo me aseguraré de que no vuelva a pasar.

Se acercó al pandillero inconsciente, lo giró boca arriba y, con la punta del bate, le golpeó en seco en el pecho. El impacto lo despertó de inmediato, provocándole una tos violenta y dificultad para respirar. Cuando alzó la vista y vio al jefe frente a él, se quedó helado. Era como mirar a la muerte en persona.

Edgar se agachó, colocándose frente a él. Sus ojos lo atravesaban con una calma cruel.

  • Entonces… ¿tú eres el nuevo jefe? —Preguntó, con ironía—. No me había llegado el memo de arriba, supongo que debo cambiar de teléfono móvil.

  • E-Edg… ¡Digo, jefe! —Tartamudeó el pandillero, con la voz quebrada—. Esto es un malentendido, p-por favor, si me permite explicarle...

Edgar lo interrumpió, seco.

  • Vamos afuera. Ya hiciste demasiado desastre aquí dentro.

Lo tomó del cuello de la camisa y lo arrastró hasta la mitad de la calle. Lo arrojó contra el suelo y dejó caer su bate justo frente a él. Los vehículos que pasaban se detuvieron de inmediato. Nadie se atrevía a seguir su camino; todos sabían que interrumpir aquella escena tendría consecuencias fatales.

Edgar se irguió en medio del asfalto. Cerró los ojos y entrelazó las manos detrás de su espalda en una postura rígida. No pronunció palabra. La era alta la tensión, pero todos entendieron que lo siguiente dependería únicamente del pandillero.

Tembloroso, el hombre recogió el bate y trató de imbuirlo con su maná. No se atrevía a mirar a su jefe a los ojos; mantenía la vista fija en el suelo. Luna observaba con asombro cómo el maná del pandillero fluía con violencia hacia el bate, hasta dejarlo completamente vacío. Estaba apostándolo todo en un único ataque desesperado.

Con un grito ahogado, llevó el bate detrás de su cuerpo y descargó el golpe en seco contra el rostro de Edgar. El impacto retumbó en todo el bar, generando una onda de choque que hizo vibrar las mesas y que varias botellas. Luna sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo, “si ese golpe hubiera sido contra mí, estaría muerta en el acto”.

El silencio se prolongó unos segundos eternos en los que nadie se movía expectantes del resultado de ese ataque. Entonces, Edgar abrió lentamente los ojos. Ni una marca en su piel. Con absoluta calma, levantó su mano derecha y sujetó el bate por el mango, sin apartar la mirada del pandillero, comenzó a hacerlo girar entre sus dedos, como si fuera un simple juguete. 

  • Mierda… Edgar va a usar esa técnica… —Dijo Miguel, mientras acumulaba maná con urgencia en sus manos.

Luna, desconcertada, lo miró con preocupación.

  • ¿Qué técnica? —Preguntó.

  • Edgar es un técnico en armas —Respondió Miguel, con el ceño fruncido—. La técnica que está usando ahora mismo se llama Ciclotrón de Impacto. Consiste en que la fuerza del golpe se duplica cada vez que hace girar su bate.

  • ¿Se duplica por cada giro? Pero… —Luna observó cómo el bate giraba con una velocidad inhumana—. Ese golpe va a hacer que no quede nada de él.

De pronto, Edgar detuvo el giro del bate en seco. En un solo movimiento, lo lanzó hacia adelante con toda su fuerza, apuntando directo al rostro del pandillero. Este apenas alcanzó a cerrar los ojos, esperando sentir el impacto que acabaría con su vida.

El golpe fue devastador. Una onda de choque recorrió toda la calle, empujando a Luna y Miguel varios metros hacia atrás, como si una pequeña explosión hubiese estallado frente a ellos. Los cristales vibraron, las botellas se rompieron y el eco del impacto retumbó durante varios segundos.

Luna estaba aturdida; sus oídos zumbaban, y el aire olía a polvo y metal. Poco a poco, el humo comenzó a disiparse… y entonces, al recobrar la vista, pudo ver con claridad lo que había ocurrido.

Había alguien frente al pandillero. Una figura imponente sostenía una espada descomunal que había detenido el golpe de Edgar en seco. El arma era casi tan alta como su portador, ancha como su torso y gruesa como una plancha de acero. Su peso debía ser inmenso: la hoja estaba parcialmente incrustada en el suelo, y aun así, el sujeto la sostenía con una sola mano. 

Luna lo reconoció al instante. Era el hombre que había visto en el orfanato, ayudando al niño sin brazos a tallar madera con los pies. Sin embargo, seguía con la sensación de haberlo visto antes, en algún otro lugar… hasta que las voces del público rompieron el silencio. 

  • ¡Espera, ¿ese no es…?!

  • No puede ser, ¡él llegó!

  • ¿Cómo mierda apareció de la nada?

  • ¡Ya llegó Gustavo!

Al instante de escuchar ese nombre Luna pudo saber de quien se trataba.

  • ¡E-espera…! ¿Él es Gustavo Correa? ¡¿El mismo Gustavo Correa, el mejor espadachín de todo el país?! —Exclamó Luna, completamente en shock.

Su corazón latía con fuerza. No podía creer que, en menos de un día, ya había estado frente de otra leyenda guerrera del país.

Miguel, por su parte, no compartía esa solemnidad.

  • ¡Hey, hijo de perra! ¡Llegas tarde como siempre! —Gritó entre risas, alzando una mano para saludarlo.

  • ¡Cállate, malnacido! —Respondió Gustavo, enfurecido—. Además, tú deberías haber prevenido esto y te veo ahí parado como un árbol, esperando a que maduren los mangos.

  • ¡Y eso lo hago porque tu madre los prefiere maduros! —Replicó Miguel, burlándose y agarrándose su entrepierna—. Dime, ¿cómo apareciste de la nada? ¿Una nueva técnica?

  • ¡Carajo! —Soltó Gustavo—. Ya ni respetas a mi madre… No, tuve suerte: Laura estaba en la zona.

En ese momento una voz femenina sonó detrás de ellos.

  • ¿No crees que estás muy viejo para traer el pelo tan largo, Miguelito?

Apareció una mujer de piel clara, una larga cola de caballo y cabello de color castaño. Sus ojos color miel y la sonrisa pícara en su rostro le daban un aire de traviesa y encantadora. 

  • Los hombres guapos deben cortarse el cabello, Miguelito —Dijo, guiñándole un ojo.

  • ¡Carajo, Laura! ¿Cuántas veces te he dicho que no te teletransportes detrás de mí así? —Exclamó Miguel, sobresaltado.

Mientras Miguel y Laura intercambiaban pullas, Luna fijó la atención en la calle, donde Gustavo y Edgar se enfrentaban con la mirada. La tensión entre ambos era palpable; parecía a punto de estallar. Apenas se distinguían sus palabras, pero el contexto hablaba por sí mismo.

  • Oye, ¿qué espectáculo traes? —Dijo Gustavo a Edgar, sin apartar la mirada—. No sabía que ahora ejecutabas gente en mitad de la calle...

  • Pfff —Respondió Edgar, en seco—. Solo pretendía darle una lección a este imbécil y asegurarme de que nadie vuelva a romper los acuerdos. No estoy para aguantar a los que no respetan los rangos.

Gustavo dio un paso al costado, permitiéndole a Edgar acercarse a su subordinado, que yacía en el suelo con la mirada perdida, temblando y respirando de forma entrecortada. El terror lo había consumido por completo; sin duda, jamás volvería a causarle problemas.

Edgar se limitó a observarlo unos segundos, impasible, antes de decir con voz fría:

  • No quiero volver a verte.

Acto seguido, se dio media vuelta y caminó hasta su motocicleta. Justo antes de marcharse, levantó el bate y señaló al resto de sus hombres.

  • Y a ustedes… Los quiero fuera de aquí. Al que no vea en la base antes de que yo llegue… Mejor que ni llegue.

Encendió el motor y se alejó a toda velocidad, dejando tras de sí una estela de humo y silencio absoluto.

En cuestión de segundos, los pandilleros reaccionaron a la amenaza: corrieron hacia sus motocicletas y desaparecieron por las calles. Una vez se fueron, el ruido cotidiano de la ciudad regresó como si nada hubiera ocurrido. Los vehículos retomaron su marcha y el dueño del bar, aliviado, comenzó a limpiar sin mostrar preocupación alguna.

El grupo decidió ayudarle a recoger el desastre. Mientras ordenaban las mesas y recogían los vidrios, Miguel aprovechó para presentar formalmente a Laura ante Luna.

  • Por cierto, esta pendeja de acá, Luna, es Laura Crisbell. Es una amiga… —Miguel no alcanzó a terminar la frase antes de que Luna lo interrumpiera con un grito—

  • ¡¿UNA CRISBELL?! —Exclamó, emocionada, mientras tomaba la mano de Laura con los ojos brillantes—. ¡Mucho gusto! Soy Luna Martínez, Maga Azul y nueva en la división de Miguel. Es la primera vez que conozco a un Crisbell… ¡Será un honor trabajar contigo!

Laura sonrió con coquetería, disfrutando de la reacción.

  • Oh vaya, Miguelito… conseguiste una Maga Azul muy tierna. Desde que reclutaste a Simón, sin duda mejoraste tus gustos —Dijo con un tono suave y seductor.

Luna se sonrojó de inmediato, bajando la mirada avergonzada, mientras el cambiaformas —Simón— desvió la vista, fingiendo no haber escuchado nada. Miguel, con un suspiro de resignación, retomó la palabra antes de que Laura volviera a interrumpirlo.

  • Como iba diciendo, ella es Laura Crisbell —Continuó Miguel—. Es una Maga Espacial y no trabaja directamente con nosotros. Pertenece a la división del Prado, pero nos da una mano cuando tiene tiempo libre.

  • ¿Eres una Maga Espacial? —Preguntó Luna, sorprendida—. Pensaba que los Crisbell solo podían ser Magos Temporales.

  • No te equivocas —Respondió Laura con una sonrisa confiada—, pero por cosas del destino terminé heredando la clase de mi bella madre. No me quejo; los Crisbell siguen adorándome por llevar su apellido. ¿Y cómo no? Nadie querría rechazar semejante belleza —Añadió, posando como si estuviera en una sesión de fotos.

  • ¡Ya dejen el espectáculo y ayuden! —Gruñó Gustavo, que seguía limpiando el bar junto al dueño—. Terminemos aquí para tener una charla en condiciones con la nueva. Al parecer, Miguel volvió a reclutar a alguien sin consultarme.

La voz firme de Gustavo hizo que Luna se tensara al instante. No estaba frente a cualquiera: aquel hombre era uno de los mejores guerreros del país, campeón espadachín nacional. Por respeto —Y un poco de miedo— Solo asintió con la cabeza y siguió ayudando en silencio.

Una hora después, el grupo y Laura regresaron a la base del orfanato. Allí, Gustavo pidió a Luna que se presentara formalmente ante todos. La joven respiró hondo, cerró los ojos por un segundo y, al exhalar, dio un paso al frente con determinación.

  • Es un gusto conocerlos. Mi nombre es Luna Martínez, tengo veinticuatro años y soy una Maga Azul. Comencé a ejercer como guerrera hace dos años, poco después del ataque del Gólem de Hielo en la Universidad Costera.

  • ¿Estuviste en ese incidente? —Intervino Nana de repente, visiblemente sorprendida—. Supe que causó mucho daño… varias personas murieron ese día.

  • Sí… —Respondió Luna, con el ánimo por los suelos—. Yo casi fui una de ellas. Amaru me salvó en el último momento, aunque no sin antes quedarme un recuerdo de aquella criatura.

Luna bajó la mirada hacia su brazo derecho, donde aún se distinguían las zonas congeladas.

  • Supongo que eso afectó tu red de maná —Comentó Miguel—. ¿Por eso todas tus técnicas se basan en el elemento hielo?

  • Eso creo… —Respondió Luna con una risa nerviosa—. Apenas estoy empezando a darme cuenta de esa propiedad en mí. 

  • ¡Tienes que estar bromeando! —Exclamaron todos al unísono.

Luna les explicó entonces que solo recientemente había logrado ejecutar otras técnicas. En su antigua división casi nunca le permitieron entrenar habilidades nuevas ni participar en misiones de combate. La mayoría del tiempo se encargaba de labores rutinarias, vigilancia de espacios públicos o apoyo logístico tras la eliminación de bestias. Durante esos dos años, la única técnica que dominó fue Puño de Hielo, gracias a la facilidad con la que podía generar hielo en su brazo derecho.

Tras escucharla, Gustavo le preguntó si sabía usar Potenciación de Maná. Luna negó con un gesto torpe, evidenciando su desconocimiento. De inmediato, Gustavo clavó una mirada fulminante en Miguel, no hizo falta decir nada, su expresión lo decía todo.

  • La próxima vez que reclutes a alguien sin avisarme, te parto la cara en dos…

  • No te preocupes, mi vida, te quiero mucho —Respondió Miguel, lanzándole un beso.

  • Hijo de… Cof —Gustavo gruño un poco—. Retomando el tema, supongo que este inútil no te presentó al equipo como se debe.

Los demás se levantaron para presentarse ante Luna, uno por uno. La primera fue Nana, la joven asiática.

  • Mucho gusto, mi nombre es Nana Kobayashi. Soy Maga Roja y ser guerrera es mi trabajo de medio tiempo. También soy un poco famosa en internet; puedes encontrarme como Ryuna.

Nana hizo flotar su teléfono frente a Luna. En la pantalla se mostraban varias redes sociales con miles de seguidores. Luna no pudo evitar sorprenderse y comenzó a elogiarla por su popularidad, siguiéndola al instante en varias plataformas. Nana sonrió, agradecida por el gesto.

Acto seguido, el joven de cabello corto y camiseta sin mangas se levantó para presentarse. 

  • Mucho gusto. Mi nombre es Carlos Mendoza. Soy Luchador y también trabajo como guerrero a medio tiempo. La otra mitad soy albañil. Eso es todo.

Tras decirlo, volvió a sentarse sin más.

  • ¡Oye! Qué seco fuiste —Reclamó Miguel—. Desenvuélvete un poco más, no te hagas el rudo con la pobre. ¿Por qué no le cuentas tu faceta como boxeador?

  • Porque no tengo ganas, chismosa —Respondió Carlos—. Además, tengo cosas que hacer. Aquí tienes el dinero de este mes. Nos vemos mañana.

Le entregó unos billetes a Miguel y se marchó del lugar sin mirar atrás. La situación dejó a Luna un poco incómoda, pues no tuvo oportunidad de hablar con él apropiadamente. Laura, al notar el ambiente tenso, intervino de inmediato para romper el silencio, animando a Simón a presentarse.

En ese momento, el cambiaformas se puso de pie con rigidez, como un soldado. Llevó la mano a la frente y comenzó a hablar.

  • ¡Mucho gusto, Luna! Mi nombre es Simón Aguilar. Soy Técnico en Armas y trabajo como guerrero para financiar mis gastos como universitario. Estudio biología y espero graduarme pronto. Muchas gracias.

Tras decirlo, se sentó con rigidez casi militar.

  • Ehhh… discúlpalo, Luna —Intervino Miguel—. Simón prestó servicio militar durante un tiempo y ya sabes… a los exsoldados les cuesta abandonar ciertas costumbres, jejeje.

  • ¡Oh, genial! —Respondió Luna con entusiasmo—. Con razón no titubeaste contra los pandilleros. Me aseguraré de no hacerte enojar —Añadió con una ligera sonrisa.

Luego, Luna volteó hacia Gustavo. Ya sabía bastante sobre él, después de todo, era una figura famosa en todo el país.

  • No es necesario que te presentes, Gustavo Correa. Tienes unos veinticinco años, eres el mejor espadachín del país y compites a nivel internacional… ¡Espera! Ahora que lo recuerdo, ¿es cierto que conoces a Seven? —Luna se acercó demasiado—. ¿Qué relación tienen?, ¿son amigos?, ¿podrías ganarle en combate?, ¿es más fuerte que tú?, ¡¿es más guapo en persona que en cámara?!

  • Carajo, ya me estabas cayendo bien hasta que mencionaste a ese idiota —Responde Gustavo con mala gana— Si no fuera por las estúpidas reglas de las competiciones ya habríamos tenido un combate de verdad.

El comentario dejó claro que Luna había cruzado una línea. Aunque la curiosidad seguía rondándole la cabeza —Sobre todo porque, hasta donde sabía, los torneos de espadachines no solían ser tan restrictivos—, decidió disculparse.

Eventualmente, Miguel comenzó a explicarle los horarios y le indicó que debía empezar a trabajar a partir del día siguiente. Sin embargo, Luna respondió de inmediato que necesitaba algunos días para encontrar un lugar donde quedarse.

  • Bueno, verán… Desde que llevé a la Mantis Ciempiés al departamento de mi amigo, ya no me quiere ahí, jejeje. Y eso que recibió una muy buena compensación del gobierno por los daños que cause, pero en fin… Necesito un nuevo lugar donde quedarme.

  • ¿Un lugar donde quedarte? —Miguel se quedó pensando un par de segundos—. Pues quédate aquí. Tenemos una habitación disponible, mientras no te molesten los niños, no hay problema. Eso sí, te lo descontaré del sueldo, jajaja —Añadió, ignorando las miradas extrañadas del resto.

  • —Preguntaba Nana— Espera, ¿Por “habitación” te refieres al cuartico donde guardan las cosas de limpieza? 

Acto seguido, llevaron a Luna hasta dicho lugar. Bastó con abrir la puerta para que la realidad la golpeara de frente. El espacio no superaba los dos metros y medio de largo ni el metro de ancho, con suerte cabría una cama individual. Había cajas apiladas y dañadas por la humedad, manchas de moho en las paredes y el techo, y una estantería oxidada repleta de productos químicos de limpieza.

Luna se quedó completamente en shock, imaginando la larga lista de enfermedades que podría contraer durmiendo ahí. 

De pronto, apareció la hermana Roberta y le dio una patada a Miguel, empujándolo contra las cajas.

  • ¡¿No te dije que limpiaras este desastre hace meses?! No, espera… ¡Fue hace más de un año, animal! —Roberta amenazó a Miguel empuñando un palo de escoba como si fuera a partirle la cabeza.

  • ¡Ay, cálmate, Robertita! —Respondió Miguel, levantando las manos—. Ayudaré a Luna a limpiar… y los muchachos también, ¿no?

Pero, al darse la vuelta, los demás miembros del grupo ya se habían marchado, probablemente usando la técnica de teletransportación de Laura. Ante eso, Roberta decidió regañar nuevamente a Miguel y, sin más, lo tomó de la oreja para arrastrarlo en busca de bolsas de basura con las que limpiar el lugar.

Entre risas, Luna observó la escena hasta que se quedó sola y comenzó a ordenar un poco por su cuenta. Mientras movía algunas cajas para despejar el paso, notó un espejo roto al fondo de la habitación. Intentó levantarlo con cuidado para no cortarse. 

En el reflejo pudo ver su rostro, sorprendentemente feliz. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan cómoda en un lugar.

  • Vaya… de verdad he tenido un poco de suerte. Ya necesitaba acabar con esta racha de mala suerte de una vez por todas —Murmuró para sí misma.

  • Jejeje… sin duda… —Respondió una voz misteriosa desde algún lugar.

Luna se sobresaltó. Miró a su alrededor buscando al dueño de aquella voz, pero no encontró a nadie. Finalmente, volvió la vista al espejo que sostenía… y entonces lo vio. Una sombra de aspecto femenino se dibujaba sobre su reflejo.

  • Primera vez que nos vemos, preciosa… —Dijo la entidad.

El impacto fue tal que Luna dejó caer el espejo, que se estrelló contra el suelo y se partió en varios pedazos. Aun así, en el fragmento más grande seguía reflejándose aquella sombra.

Tenía la silueta de una mujer de su misma edad. No poseía rostro, y aun así era imposible no sentir que te observaba. Su cuerpo era completamente negro, como si la oscuridad misma hubiera decidido tomar forma. No reflejaba la luz, era una figura sólida, antinatural. En su cara solo destacaba una sonrisa. Al abrir la boca, en lugar de un interior visible, se revelaba un vacío translúcido, como si la voz atravesara su forma y dejara ver lo que había detrás.

  • Oye… Es de mala educación soltar a la gente así —Continuó la sombra, con una voz sensual—, y más cuando te saludan de una forma tan coqueta. Además, deberías ser más amable conmigo… Después de todo, me debes una por ayudarte a sobrevivir a la Mantis Ciempiés. 

Luna se sintió extrañada por las palabras de aquel ente y, movida por la curiosidad, dio un paso al frente para intentar comprender mejor a qué se refería. Sin embargo, en ese momento Miguel regresó, algo preocupado por el ruido del espejo al romperse. Al ver los fragmentos esparcidos por el suelo, asumió de inmediato que Luna se había lastimado y se apresuró a recogerlos con cuidado.

Lo inquietante fue que Miguel no reaccionó en absoluto a la sombra que aún permanecía allí, como si simplemente no existiera. Una vez reunió los pedazos, salió nuevamente de la habitación. Apenas lo hizo, Luna volvió a escuchar aquella voz. 

  • ¡Hey, tú!

Al girarse, notó que en la pared ya no estaba su sombra, sino la del ente.

  • Tú y yo tenemos cosas pendientes que hablar… —Susurró—. Más te vale descansar después de limpiar este chiquero. Aquellos que oyen mi llamado están destinados a tener una vida sin aburrimiento… Nos vemos, Luna.

En un instante, la entidad se desvaneció sin dejar rastro alguno. Luna quedó completamente confundida. ¿Quién era aquella cosa?, ¿Por qué solo ella podía verla?, ¿A qué se refería con “una vida sin aburrimiento”?

Las preguntas se agolpaban en su mente, impidiéndole pensar con claridad. No obstante, cuando Miguel y la hermana Roberta regresaron a la habitación, decidió apartar esas inquietudes por el momento y concentrarse en arreglar el lugar.

Después de todo, no iba a permitir que un tropiezo, por extraño que fuera, arruinara su primera victoria en mucho tiempo.


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